Juan Trapero: «Competir con velocistas como Carl Lewis o Linford Christie fue un sueño. Yo era de los que se quedaban embobados mirando simplemente cómo calentaban»

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Texto de Ángela Ruiz Terán

Cinco décadas han pasado desde que Cantabria viera nacer al que, algo más de veinte años después, se convirtiera en el segundo y –hasta el momento- último cántabro en acudir a unos Juegos Olímpicos en los 100 metros lisos y el relevo 4×100, después de que el pionero José María Larrabeiti lo hiciera en 1924. Juan Jesús Trapero es uno de esos diez atletas cántabros que pueden presumir de la condición de olímpico al vivir, por partida doble, los Juegos de Barcelona 92. Santander fue el destino laboral de su padre, a quien trasladaron como encargado de obra del Hospital Marqués de Valdecilla, y el lugar donde Trapero dio sus primeros pasos, esos que le llevaron a correr en 10,35’’ los 100 metros lisos y en 6,62’’ los 60 metros en pista cubierta -sexta mejor marca española de siempre-. “Fue casual el hecho de que estuviera allí mi padre, pero soy cántabro de nacimiento”, afirma Trapero. Cantabria apareció inesperadamente en su vida, al igual que lo hizo el atletismo cuando tenía ya 17 años y otras miras profesionales. Y la casualidad dio paso al entrenamiento estricto e intenso de unos años dedicados en cuerpo y alma al atletismo, que se lo devolvió en forma sueño olímpico y más de diez internacionalidades. Entre ellas, el Mundial de Tokio 91; los Juegos del Mediterráneo de Atenas, donde se colgó la plata en el relevo y fue finalista en 100 metros; la plata en el 4×100 del Campeonato Iberoamericano de Sevilla 92; el Campeonato del Mundo de Stuttgart 93; el Mundial de Toronto de pista cubierta; o el Campeonato de Europa en Helsinki. Su vínculo con el deporte sigue intacto más de treinta años después de que pisara una pista por primera vez. Ahora actúa desde la cancha, como preparador físico del Real Madrid de baloncesto. Algo que sin el atletismo, y especialmente sin Francisco López Álvarez -Paco López-, su entrenador, reconoce que hubiera sido muy difícil de conseguir.

– ¿Cuándo apareció el atletismo en su vida?

En el año 87 hago las pruebas de acceso del INEF de Madrid para estudiar Educación Física y consigo una marca bastante buena en la prueba de 50 metros. Una de las profesoras, Blanca Miret, me dice que tengo condiciones para hacer atletismo. Me comenta que me puede facilitar un contacto para empezar a entrenar, aprovechando que estaba en las pistas del INEF, lo que es ahora el CAR de Madrid. Así que, a raíz de Blanca, comienzo a hacer atletismo. Me gustaba correr, pero sin ningún tipo de aspiración, y empiezo a lograr marcas mínimas para campeonatos de España en categoría junior y promesa. También hago mínima para el Campeonato de España Absoluto, que fue en Vigo en el año 88. Allí accedo a la final, en 200 metros, y decido tomármelo un poco más en serio.

– ¿Tuvo cerca la figura de un entrenador durante su carrera atlética?

Blanca me ayudó muchísimo, fue la que me tendió la mano para introducirme en el mundo del atletismo, pero hay un entrenador que es realmente el que me cambia incluso mi vocación profesional. Preparaba a la mayoría de los deportistas del equipo nacional y de los becados en la residencia Joaquín Blume de Madrid y comienzo a entrenar con él. Se trata de Paco López, un entrenador consagrado, con un prestigio enorme. En el mundo del atletismo lo aprendo todo con él. Aprovechaba a estar siempre atento a todo lo que decía, y a preguntarle, porque era un maestro del entrenamiento, un pionero del rendimiento. A raíz de ahí empiezo a mejorar mis marcas en 100 y en 60 metros en pista cubierta, y en la temporada 90/91 empiezo a entrar en alguna concentración del equipo nacional de 4×100. Tengo dudas de si con cualquier otro técnico hubiera podido llegar tan lejos. Paco me conocía muy bien, me sacaba todo.

Entonces todavía no lo sabía, pero se da una circunstancia muy especial para mí. Y es que mi entrenador no solo es el que me enseña a entrenar y a dar el máximo rendimiento, sino que a la vez trabaja como preparador físico del Real Madrid de baloncesto, y cuando él deja el equipo propone varios nombres y uno de ellos soy yo. Esa circunstancia es muy importante en mi vida. Llevo un montón de años como preparador físico del Real Madrid de baloncesto y es algo que nunca hubiera conseguido si como atleta no me llego a encontrar con él. Sin el atletismo, en mi profesión creo que hubiera quedado limitado totalmente, o me hubiera costado mucho todo. Mi entrenador, Paco López, me abre las puertas del atletismo y me abre las puertas de una vida profesional muy bonita.

– En la Residencia Blume, las oportunidades y los medios eran muy distintos a los que podían contar atletas de cualquier otro rincón de España. ¿Cómo eran sus entrenamientos?

Nosotros éramos unos privilegiados. A finales de los 80, cuando se elige Barcelona como sede olímpica, hay una apuesta muy fuerte a nivel de instalaciones, de concentraciones, de medios… En la Residencia Blume se crea un módulo cubierto, cuando antes nos teníamos que ir de concentración a Canarias, a Maspalomas, buscando altas temperaturas porque son pruebas muy intensas donde el calor es muy importante. Y el invierno de Madrid es muy duro. Para un velocista o para las pruebas técnicas es muy complicado. Entonces se crea el módulo, que todavía existe, y eso supone un salto de calidad. Durante todos esos años nos dedicábamos en cuerpo y alma a los entrenamientos con la ilusión de llegar a unos Juegos Olímpicos. Entrenábamos mañana y tarde y descansábamos un día a la semana. En la Blume existían muchos grupos muy profesionales en pruebas técnicas. Y había una cosa que era increíble, que mucha gente joven compartía objetivos, aunque fuera con entrenadores diferentes o en pruebas diferentes, con lo que se generaba un ambiente muy especial. Evidentemente era muy duro porque dabas mucho. Dedicábamos muchas horas y entrenábamos como si fuéramos profesionales, aunque no fuese así. Yo dejaba de lado asignaturas prácticas porque el entrenamiento nos exigía una dedicación plena. En aquellos años el nivel de formación era mucho menor y los técnicos como Paco López nos sorprendían abriendo caminos en el mundo del entrenamiento, innovando. Eran entrenamientos muy estrictos, muy intensos: gimnasio, pista, bosque, y luego a cuidarse con los medios de recuperación que teníamos a nuestro alcance: fisioterapeutas, hidroterapia… En ese sentido me siento un privilegiado, por haber vivido desde el inicio en unas instalaciones que ayudaban mucho a lograr el rendimiento. Comencé tarde y no soy el ejemplo de alguien que empieza en un pueblo entrenando en pistas en mal estado. Tuve muchísima suerte porque accedí directamente al lugar donde se encontraban los mejores entrenadores y los mejores atletas. Miraras donde miraras veías talento por todos los lados.

– La  marca a última hora de 10,35, entre las 25 mejores del ranking español de todos los tiempos, le permite estar en la línea de salida de los 100 metros de los Juegos Olímpicos de Barcelona, a los que pensaba acudir únicamente como integrante del relevo de 4×100. ¿Cómo vivió el compartir pista con los grandes velocistas del momento?

Fue algo inesperado. Las mínimas eran muy complicadas, había mucha igualdad en España en la velocidad en esos años y era realmente difícil. Coincidí con una generación de deportistas de muchísimo nivel que me ayudaron muchísimo. Fue prácticamente un sueño. Ya lo es el entrenar para ese objetivo, pero en el fondo está ese pensamiento de no querer implicarte demasiado para que luego no sea una gran decepción. Por el camino se quedan muchos y grandísimos atletas, por diversas circunstancias. Esos Juegos fueron los de la generosidad y se innovó en muchísimos aspectos. Podías acudir aspirando a ser medallista o finalista, o ir a intentar dar lo mejor de ti para intentar pasar una ronda y disfrutarlo con la ilusión de vivir la experiencia. Nosotros éramos de esos, un poco de los de segunda fila. Las grandes figuras del olimpismo saben a lo que van, a la competición. Para nosotros fue algo muy especial, y además vivirlo en casa, aunque lo cierto es que en el 4×100 teníamos un equipo espectacular -Arqués, Talavera, Trapero y López-, para intentar ser finalistas -el cuarteto superó la primera ronda con 39,60″, quedando eliminados en semifinales con 39,62″, tras obtener la quinta plaza de su serie-.

Marcó un antes y un después, la gente multiplicaba por diez todo lo que daba. Vimos ser campeón olímpico a Fermín Cacho en 1.500 y a Daniel Plaza en marcha, el bronce de Javier García Chico en pértiga… Para el deportista de verdad, romántico, y para el atleta en particular, los Juegos son el acontecimiento deportivo más importante, por lo que supone la condición de ser olímpico. Con los años es cuando más lo valoras. Cuando somos jóvenes nos arrastra la velocidad de los acontecimientos y muchas veces pensamos que muchas de las situaciones que nos pasan son normales. Era una época en la que entrenábamos en cuerpo y alma, todo lo que hiciera falta y más, pensando que cuanto más se entrenara más lejos se llegaría. Aunque no siempre es así, hay muchos más factores. Aquellos Juegos Olímpicos los tengo grabados como el acontecimiento deportivo más importante de mi vida. Competir con Ben Johnson, con Carl Lewis, Linford Christie, con los mejores velocistas de finales de los 80 y principios de los 90, es un sueño. Yo era de los que se quedaban embobados mirando simplemente cómo calentaban aquellos atletas. Creo que lo tengo hasta fresco en la cabeza. Es algo que te marca muchísimo. Repaso fotos y sigo viviéndolo.

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– ¿Cómo se definiría como atleta y qué tuvo que trabajar más para llegar a conseguir un rendimiento más óptimo?

Yo era un velocista muy fuerte y grande. Un velocista de fuerza y de trabajo que necesitaba cuidarme mucho para estar bien. No era muy talentoso en cuanto a que no era muy plástico ni muy fino. Para ser velocista tienes que tener un gen y una parte a nivel fisiológico de porcentaje de fibra rápida, es importante tener unos pies bastante fuertes y rápidos. El proceso más importante es que tuve que aprender todos los gestos técnicos porque llegué tarde al atletismo, con 17 años, y mejorar lo máximo posible la técnica de carrera, la técnica de salida, saber usar bien la zancada… Todo eso me llevó mucho tiempo. La parte del físico la mejoré muy rápido.

– Fue una carrera atlética muy rápida. Tan solo cinco años después de pisar por primera vez una pista acudió a unos Juegos Olímpicos, y cuatro años después decidió dejarlo y orientar su vida a la profesión de preparador físico. ¿Para un velocista resulta difícil mantenerse en la élite durante muchos años?

Nos entrenábamos en cuerpo y alma y nos cuidábamos mucho, pero son pruebas donde teníamos mucho desgaste, lógico y normal al tener la maquinaria a tope durante muchos años. Y mi hándicap siempre fueron mis pies, mis Aquiles. En el año 95 todavía compito, pero tengo una lesión en el pie y empiezo a arrastrar muchos problemas físicos. Desde ese momento no fui capaz de volver a competir a un gran nivel. Aunque teníamos muchos medios, no eran los que existen a día de hoy. Creo que fui el primero del ranking en el año 95, pero ese Campeonato de España ya no le pude correr. Y en el 96, cuando me quedo fuera de los Juegos de Atlanta, empiezo a compaginarlo con terminar mi carrera y enfocarme a lo que quería que fuese mi profesión, la de preparador físico. Luego están los velocistas longevos como Ángel David Rodríguez, pero es una excepción. Para mí es un ejemplo de talento increíble, disfruto viéndole correr, pero por el camino hay otra serie de tipologías, y en la mía los pies los sufrí bastante.

– ¿Algún objetivo que se le quedó por cumplir o algo que le hubiera gustado hacer como atleta y no pudo?

Creo que podría haber prolongado mucho más mi etapa como atleta. Al final de tu carrera, cuando vienen las lesiones, que siempre llegan, tienes que tener paciencia. Yo no había terminado todavía de estudiar y me entró un poco el vértigo, al estar lesionado de larga duración, sin saber cuándo iba a volver a competir. No había acabado la carrera y ya me estaba saliendo alguna oferta de trabajo, fue un cúmulo de cosas que hicieron que en vez de optar por esperar a ver si era capaz de recuperar esa lesión, porque era joven, decidiera coger el otro camino. También el hecho de que en 60 metros indoor yo tenía 6,62’’, que es la sexta marca de siempre, pero no fui capaz de correr lo que 6,62’’ representaba en 100 metros, que hubiera sido menos de 10,30’’. Pero la mayor duda es no saber qué hubiera pasado si hubiera decidido seguir unos años más. Me costó mucho, fue durísimo, pero tenía que tomar una decisión.

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